Educación para un nuevo contrato social

Un nuevo contrato social debe tener como objetivo fundamental el bienestar de las personas. El bienestar de la ciudadanía tiene que ser el fin último de la política. ¿Pero un nuevo contrato social entre quiénes, y con qué sentido? ¿Le interesa al poder establecido un nuevo contrato social? Si seguimos pensando en el ideal de contrato social en el sentido “roussoniano”, no debemos olvidar que Jean-Jacques Rousseau no dio ninguna importancia a la pregunta clave: ¿quién ejerce la soberanía?, de forma que dejó abiertas las puertas al autoritarismo. “El carácter abstracto del concepto de soberanía en Rousseau lo hace vulnerable a la lógica abusiva del poder” (Josep Ramoneda), que hoy padece la inmensa mayoría de la ciudadanía. La buena fe, o el temor, de “lo políticamente correcto” está aniquilando a la izquierda. En España, como en Alemania, Francia o Inglaterra, después de años de gobiernos socialdemócratas, la socialdemocracia se ha vuelto irreconocible para millones de votantes, contaminada por las exigencias del poder financiero. Es sorprendente como desde el PSOE, alternativa de gobierno, se evita por todos los medios hablar del programa socialdemócrata, el término socialista ha quedado desterrado, y se hace constante mención a programas y posiciones progresista. La libertad, la igualdad y la fraternidad (solidaridad-cooperación) no se deben confundir ni con la modernidad ni con el progreso.

Vivimos los terribles efectos de las políticas desarrolladas por gobiernos al servicio de los grandes capitales que miran más por los intereses de determinados grupos de presión políticos y religiosos que por el bienestar de los seres humanos. En España se ha “rescatado” a la banca, y a la gran empresa y hasta se pretende rescatar a las empresas concesionarias de las ruinosas autopistas de peajes. Pero, ¿quién rescata a los seis millones de parados y paradas? ¿Quién rescata a los 2.500.000 niños y niñas en situación de pobreza? ¿Quién rescata al millón de familias que este curso se ha quedado sin ayudas y becas? ¿Quién rescata al paciente tras haber convertido la sanidad en un producto consumible en vez de en un derecho? ¿Quién rescata a los más de 100.000 estudiantes que se han quedado ya fuera de la universidad a causa de la política de recortes del gobierno del PP? Y, por último, ¿quién nos rescata de los actuales gobiernos europeo y español, y cómo hacer frente a aquellos que gobiernan pensando solo en el interés de unos pocos?

Vivimos en la “sociedad del riesgo”, término acuñado por el sociólogo Ulrich Beck. El potencial de peligro es generado permanentemente por el poder financiero y minimizado por el poder político. El modelo de gobernabilidad neoliberal está consiguiendo desprestigiar a la política -que mucha gente siente como una cosa ajena- para que no sea palanca de cambio, fomentando en la población un sentimiento de rechazo del que sacan partido las organizaciones de derechas con discursos populistas que fortalecen soluciones mesiánicas y que sitúan al inmigrante como chivo expiatorio. Nos inunda la política del odio, otro logro del neoliberalismo. El odio funciona porque es transversal a un tipo de guerra que suele pasar desapercibida: la cultural. La pobreza, la ignorancia, la supuesta inferioridad del “otro”, la diferencia y la diversidad como factores de miedo inundan mensajes racistas y xenófobos que cada vez agrupan a más gente y más votos. Hay un ataque directo a los pobres y a los desheredados, a los que las políticas neoliberales y una parte nada desdeñable de la sociedad excluyen de antemano. El modelo de gobierno neoliberal tiene unos efectos desocializadores devastadores. Vivimos, en definitiva, bajo una tiranía difusa. Se ha perdido la mesura y en la desmesura todo vale, sin que la moral sea obstáculo, en un mundo sin certezas en el que la ficción se ha convertido en realidad y la realidad está alucinada por los acontecimientos. Ya nada anda al paso de las personas.

Las grandes ideas como la felicidad, la libertad y la justicia generan sombras que están convirtiendo “la seguridad” en el máximo valor de la acción política, y que acaban degenerando en inseguridad y lesionan los ideales enumerados.

La antipolítica, el miedo, el odio y el desplazamiento de las personas del centro de la política son los puntales culturales más importantes de la economía de guerra y miseria a la que nos tiene sometidos el gobierno neoliberal de la globalización. “La gestión de la globalización está totalmente ideologizado, se ha dado como irreversible que la única manera de gestionar la globalización es la ultraliberal. Hemos creado un sistema económico que es una fábrica de excluidos”, denunció Viviane Forrester. La política de recortes engorda al amo, pero deja sin perspectiva de futuro a millones de personas y precariza a la clase trabajadora, haciéndola cautiva del poder financiero y económico. La política de recortes, llamada por los propios gobernantes “del miedo”, “de austeridad”, “esconde en realidad una alteración permanente de los derechos sociales encaminada a liquidar definitivamente lo que queda de Estado de Bienestar y asegurar la nueva sociedad de la desigualdad” (Josep Fontana).

¿De qué hablamos cuando reclamamos un nuevo contrato social? ¿De un nuevo pacto entre víctimas y verdugos? ¿O de restablecer la soberanía del ciudadano frente al poder omnímodo de las finanzas? En la película V de Vendetta, que todo el mundo debería ver al menos una vez al mes, el personaje V es taxativo: “El pueblo no debería temer a los gobernantes, los gobernantes deberían temer al pueblo”.

 

Crónica de una muerte anunciada

El neoliberalismo intenta exportar la crisis económica, que no es otra cosa que la nueva economía y sus formas de gobierno, a la educación, descargando sobre ella la responsabilidad de sus políticas destructivas: en la educación está la fuente y el origen de todos nuestros males. Como explicaba en un reciente artículo la secretaria de Estado de Educación del gobierno del PP, una de las causas del actual índice de desempleo es la mala formación de nuestros jóvenes. Sin embargo, nada permite afirmar que una mejor educación proteja a nadie contra las devastadoras políticas económicas del neoliberalismo. “Es una pena que los ministros y ministras de educación europeos hayan perdido el tiempo criticando la educación de sus países y no el discriminatorio mercado de trabajo o las injusticias y desigualdades que se gestan cotidianamente en el seno de sus sociedades”, se lamenta Pablo Gentili.

Según Motoyo Kamiya, está en curso una profunda reforma del sector público de la educación, orientada hacia el mercado. El paso siguiente es convertir las escuelas en empresas. A los empresarios del sector de la educación se les reconoce ya una autoridad indiscutible para definir objetivos, contenidos y métodos de una educación acorde con las aspiraciones de la economía mundial. Se asocia la educación con la economía global de mercado. Desde la escuela podemos identificar a los futuros empleados modélicos. La educación queda reducida a satisfacer estrictos objetivos económicos y de clase social. Pero hay que recordar que ni la ética comercial ni los mercados colocan la igualdad por encima del lucro.

En una educación donde la competitividad sea el elemento rector y cuyos fundamentos más importantes sean los económicos, se fomentará cada vez más un individualismo que acentúe la indiferencia cívica, cuyas proporciones ya son demoledoras.

La sociedad del conocimiento presenta un peligro de desigualdad social y polarización económica nunca vista: el que está bien mejora, pero el que está mal puede empeorar aún más.

Podemos concluir que existe una creciente colonización de la educación por parte de la economía, tanto en un sentido conceptual y terminológico, como en el sentido comercial. La educación en el marco de la economía globalizada es un sector de consumo que despierta cada vez más los apetitos de las grandes corporaciones financieras.

Vivimos una época en la que los gobiernos promueven los sueños tecnológicos más delirantes, pero no quieren mantener los servicios públicos más necesarios, como la educación. El capitalismo del siglo XXI intenta privatizar tanto los recursos naturales como el conocimiento y los derechos humanos universales. Se mueve hacia una lógica de apartheid, donde unos pocos tienen derecho a todo y la mayoría son excluidos. Como dice Slavoj Zizek, “los capitalistas actuales son fanáticos religiosos que defienden sus beneficios aunque traigan la ruina para millones de personas”.

Con esta perspectiva, la educación deja de ser un derecho humano universal y se convierte en un bien de consumo solo al alcance del bolsillo de cada cual. La Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad de la Educación (LOMCE), promulgada y aprobada en el Congreso con los únicos votos del PP, es un claro ejemplo de esta crónica de una muerte anunciada.

No cabe duda de que la economía es importante, pero ha de ser el compromiso social el que guíe el discurso de la educación pública: educación para el que nada sabe y educación para quien menos sabe.

 

¿Está aceptando la opresión la ciudadanía?

Replegarse sobre uno mismo es un escándalo. Pensar en un nuevo contrato social con los mimbres que tenemos es imposible. La soberanía que ejerce el poder financiero sobre la ciudadanía, y la poderosa influencia de los medios de comunicación de masa en la socialización, hacen urgente y necesaria la reivindicación de una sociedad más justa, en la que la educación más responsable socialmente se convierte en el elemento más importante para el cambio. En este sentido, son los movimientos sociales de amplio espectro los agentes del cambio. Son el caldo de cultivo para crear nuevos instrumentos de resistencia y reivindicación ante los abusos de los gobernantes. En el poder financiero reside hoy la soberanía. ¿De quiénes son el conocimiento, la educación, la cultura, la visión del mundo incorporada a los libros de texto? Es en el seno de estos movimientos sociales donde se debe fraguar un pacto social por la educación pública como una herramienta para confrontar y presionar las políticas de gobiernos en manos del poder financiero. Estos movimientos han de tener como referente los valores morales universalmente exigibles. El sentido moral está en la base de cualquier aprendizaje y de toda educación: respeto, justicia, solidaridad, cooperación. Su carencia arruina la vida civil e impide la vida a secas. “El descuido de las capacidades morales desde la familia y la escuela es más reprochable porque en ellas se contiene nuestra vocación de personas y de ciudadanos. Un solo ciudadano al que falte la conciencia de la igual dignidad humana puede destruir a muchos o consentir su destrucción. La excelencia moral es la que más vale porque, sin ella, las demás excelencias valen menos” (Aurelio Arteta).

Los docentes, las familias y los estudiantes tienen que ser parte activa de estos movimientos sociales porque solo participando a favor de la justicia y la igualdad sociales dentro y fuera de la educación se consiguen éxitos duraderos. Es necesario que la comunidad educativa se comprometa en actividades sociales y políticas críticas que resuelvan problemas reales y abran paso a un camino mejor para las personas, combatiendo la segregación por razones económicas y culturales.

La educación es el componente más importante en la consecución de sociedades más justas y prósperas. No es de extrañar, por tanto, que Carlos Fuentes defienda que “la llave que abre todas las oportunidades es la educación. El derecho a la educación, ha escrito Nadine Gordimer, es tan elemental como el derecho a respirar. La exclusión del sistema educativo es la razón primaria de la pobreza y la desigualdad. La educación es la avenida más pragmática hacia la prosperidad”.

Los grupos más desfavorecidos encuentran en la educación el espacio para vivir y disfrutar la riqueza de la cultura intelectual. La educación adquiere el valor de uso de una herramienta para entender una vida con futuro. La educación es el camino hacia la cultura, y es desde donde se construye el ser de una sociedad.

Este es el sentido de un pacto social por la educación pública. Con la educación como motor de justicia tenemos la herramienta más importante para construir el progreso y el bienestar de nuestras sociedades. Pablo Gentili lo ha conseguido resumir en unas cuantas líneas: “La educación debe transformarse en oportunidad para comprender el mundo en que vivimos y ayudarnos a construirlo sobre los principios de la solidaridad, la igualdad y la más radical defensa de los derechos humanos, la paz y la justicia social. Ya lo hemos repetido más de una vez, inspirados en Paulo Freire y en las pedagogías emancipadoras que tanto nos ayudan a imaginar un porvenir mejor para nuestros pueblos: la educación no cambia el mundo, la educación cambia las personas, y son ellas las que harán del mundo un lugar más digno y acogedor. La educación es el espacio, la plataforma, la cuna donde se gestan la esperanza y la utopía que brindan energías a nuestra lucha por sociedades, donde el ser humano sea algo más que un valor de cambio y el conocimiento un bien común del que todos puedan apropiarse”.

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