Educación para la Ciudadanía

La educación de ciudadanos y ciudadanas es el gran objetivo de la escuela pública. Los actuales intentos de organizar la educación según las reglas del mercado y del beneficio económico para que las personas adquieran conocimientos y destrezas que les permitan sobrevivir y competir en la economía global, abren las puertas hacia un futuro imprevisible y de riesgos que terminaremos pagando todos y todas.
A la educación le corresponden otras funciones. La función social, que posibilita la movilidad y favorece la inclusión de grupos que presentan gran diversidad. La función política, porque es en la escuela pública donde se promueven los valores cívicos y se enseñan los derechos y obligaciones para formar ciudadanos y ciudadanas responsables. La función cultural, que desarrolla la creatividad y el sentido estético. Y la función puramente educativa, por la que la enseñanza y el aprendizaje tienen un papel determinante en la transmisión de saberes de una generación a otra y en la creación de nuevos saberes.
Según el profesor Ying Cheong Cheng, del Instituto de Educación de Hong Kong, “en este mundo globalizado e interdependiente, estas funciones se internacionalizan cada vez más. La educación ha de actuar para eliminar el racismo y el sexismo. Fomentar intereses comunes, promover movimientos a favor de la paz y mejorar el entendimiento internacional”. La educación es el arte de hacer ético al ser humano. Este pensamiento de Hegel nos alerta sobre la necesidad de una educación para la ciudadanía no tanto como asignatura, sino como objetivo de la escuela pública y como compromiso social de futuro.

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Un pensamiento en “Educación para la Ciudadanía

  1. Es innegable que la escuela ha aportado, y aporta, importantes beneficios. Gracias a ella ha sido posible reducir drásticamente el analfabetismo, compensar hasta cierto punto las desigualdades sociales y proporcionar la preparación necesaria para integrarse en el modelo productivo. Sin embargo, también ha contribuido a la difusión del pensamiento único y a la creación de otro tipo de categorías sociales: sin ir más lejos, la de aquellos que han fracasado en la escuela frente a los que tienen algún tipo de título. Y el creciente índice de fracaso escolar es un síntoma de agotamiento, de que algo está empezando a fallar en ella.

    La escuela, lo mismo que ha sucedido con el Estado, puede que haya crecido demasiado. Cada vez emplea a más personas y cada vez extiende más su ámbito de influencia. Muchas de las cosas que se aprendían fuera de la escuela ahora solo pueden aprenderse dentro de ella. Este es el caso, por ejemplo, de muchos oficios; pero también el de los valores éticos o religiosos, que se han convertido en asignaturas. Con la complicidad del poder, todo se ha vuelto académico.

    Pero las dos funciones para las que originalmente estaba destinada la escuela, instruir y formar, se podrían cubrir de otras maneras, posiblemente mejores, más baratas, más flexibles y con menos carga ideológica.

    http://www.otraspoliticas.com/educacion/desmontar-la-escuela

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