La crisis Erasmus. La UE no cree en la educación

Justo cuando se cumple 25 años de la creación de los Erasmus, la crisis económica y la dificultad para articular políticas educativas comunes en la Unión Europea amenazan con echar el cierre al proyecto socioeducativo más importante del continente. El programa Erasmus ha permitido durante las dos últimas décadas la movilidad y autonomía de cientos de miles de estudiantes de todas las condiciones sociales. España ha sido uno de los países más beneficiados tanto como receptor de estudiantes de otros países de la UE, como emisor. Erasmus es, quizás, el único programa que daba a la educación una dimensión europea. Y es que la educación y la cultura carecen de políticas comunes en el ámbito de los 27 países que componen la UE.

El programa Erasmus se puede considerar como una isla en un inmenso océano. La educación sigue siendo competencia de los estados miembros. No existe una agenda de trabajo con bases jurídicas y presupuestarias que obligue a todos los países de la UE a trabajar con objetivos comunes. La última resolución, cumbre de Lisboa, ratificó esta situación al declarar la educación como un asunto de cada país miembro. La conciencia de una ciudadanía europea no se forja desde los mercados, insolidarios, ni desde la moneda única, sino desde la educación y la cultura. La educación es una de las variables claves para la construcción de sociedades más justas y solidarias. Y este es el gran desafío que en la actualidad tienen por delante los países miembros de la UE. Si Europa no es capaz de asentar una conciencia de ciudadanía entre sus millones de habitantes, no será capaz de construir un futuro común ni de erradicar los vaivenes políticos y económicos a las que se ve sometida por el juego político-económico de unos países contra otros, situación que venimos sufriendo con toda su crudeza desde hace cuatro años. Si el presente de la UE provoca desilusión, el futuro genera incertidumbre y temor. Como ha escrito Juan Carlos Tedesco, “la educación es el lugar donde se expresan más concretamente las consecuencias sociales de la ruptura con el pasado y la ausencia de futuro”. La UE paga su falta de iniciativa común en el ámbito de la educación con la inexistencia de un tejido social europeo que se reconozca como tal. La UE es un proyecto gobernado por los mercados ante la ausencia de una ciudadanía responsable y socialmente cohesionada.

Tras 25 años, las dificultades por las que está pasando el programa Erasmus debido a la falta de fondos para financiarse, es un emblema de lo que esta sucediendo en la UE, cuyos países miembros están marcados por un fundamentalismo autoritario cuya seña de identidad es la democracia formal, donde el ciudadano vota cada cuatro años –por cierto, para elegir a los diputados que componen el Parlamento Europeo difícilmente llega al 50% la participación ciudadana–, y por un individualismo asocial que conforman una sociedad muy alejada de la equidad y la justicia social. El ciudadano sobre papel, en la práctica es un recurso humano, cliente y consumidor.

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