Adiós a un educador y a un ciudadano

El fallecimiento de Luis Gómez Llorente priva a la educación española de uno de sus más destacados referentes; y a la escuela pública, de uno de sus más tenaces defensores. Su figura aúna la participación en la vida política en busca de una sociedad democrática y la reflexión intelectual en pos de una enseñanza pública científica, laica, gratuita, democrática y comprensiva. Su interés por intervenir en la sociedad se despertó en fecha muy temprana. Siendo estudiante universitario, se involucró de una manera decisiva en la lucha de finales de los años 50 contra la dictadura franquista y luego tuvo un papel destacado en las filas del PSOE, en donde en 1979 pugnaría con Felipe González a cuenta de sus enfrentadas visiones de lo que debía ser un partido socialista en una democracia que echaba a andar. En esa faceta política, sería diputado en las dos primeras legislaturas (1977-1982) y vicepresidente del Congreso, además de miembro de la Comisión Constitucional y de la de Educación. No en vano, el artículo 27 de la Constitución, en el que se recogen la libertad de enseñanza y el derecho a la educación, le debe mucho a Luis Gómez Llorente.

Antes de su breve paso por el Parlamento, en 1974 había sido elegido vicedecano del Colegio Oficial de Doctores y Licenciados de Madrid, en la candidatura progresista encabezada por Eloy Terrón. En aquellos años del tardofranquismo, y a falta de otras instancias aún no permitidas, el Colegio de Doctores y Licenciados jugó un papel decisivo en las reivindicaciones colectivas del profesorado. Apenas muerto el dictador, en 1976 el Colegio aprobó un documento titulado Alternativa democrática para la enseñanza, en el que, entre otras cosas, se abogaba por una concepción de la educación como servicio público a cargo del Estado y se reivindicaba la gestión democrática de los centros.

Pero antes y después de esa efervescencia política y esa presencia en el primer plano de la actividad pública, Luis Gómez Llorente fue, a todas luces, un extraordinario profesor tanto para los alumnos de la academia privada Dobao-Díaz Guerra, primero, como después para los del IES Severo Ochoa y los del Virgen de la Paloma, de Madrid. Afiliado a FETE-UGT, desarrolló una importante tarea de análisis de la política educativa reciente, que expuso en numerosas charlas y conferencias, así como en minuciosos textos en los que diseccionaba con sabiduría un artículo de ley o una propuesta ministerial. Patrono de la Fundación Educación y Ciudadanía, fue también un incansable defensor del laicismo –un laicismo no antirreligioso, sino respetuoso con cualquier forma de religiosidad–, y uno de los impulsores de la asignatura Educación para la Ciudadanía, tan combatida con argumentos ridículos por los sectores más reaccionarios. Cuando se presentó dicha Fundación, Gómez Llorente recordó que no puede existir una “verdadera educación si le falta el ser para la ciudadanía, y no hay plenitud de la condición ciudadana si le falta al espíritu la luz y el color que otorga la educación”. Educación, ciudadanía: dos conceptos que se implican recíprocamente y que, como siempre advertía, no pueden existir el uno sin el otro. Luis Gómez Llorente fue un educador ejemplar y un ciudadano magistral. Pero también un educador magistral y un ciudadano ejemplar. Su legado intelectual será fecundo.

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